INCORRUPTOS (publicado en la Antología: "Versos en San Valentín" de Editorial Afrodita.
Cuando ella sueña que yo muero,
me arropa con sus lágrimas,
pero me obnubilan tantas gotas,
que tiemblo a la intemperie de sus miedos.
“Yo me muero si te mueres”, al
unísono decimos.
Y nuestro domo es una pompa de
jabón que se nos quiebra.
Entonces, lo que nació en la
gloria de “la vida por delante”,
se pierde en los terrenos
escabrosos donde yacen –víctimas del yugo
de un tiempo iconoclasta–
aquellos pedestales que usurpábamos.
Cuando ella sueña que yo muero,
ahuyenta a los demonios.
Como a animalillos los engaña,
lanzando cebos al traspatio.
De las trizas que dejaron hace
puertas y ventanas y de azul pinta el refugio.
Lo llama hogar, y me invita a
caminar en la infinitud de las estancias
que conforman su mirada, a
columpiarme en los colores que departe,
en la verticalidad de la lluvia,
en la providencia de sus brazos.
Cuando ella sueña que yo muero,
reprograma sus antiguas perspectivas.
Germina asida al cordón umbilical
–a sus códigos de niña–
y con los mantras que en el revés
del monosílabo,
invocan el poder de nuestros
credos, reanuda las plegarias.
Del sí y del no, se desnuda por
completo en rogativas,
desmigando los mendrugos,
mojándolos en leche. E intuyo, conmovido
por las preces de su piel: la
trascendencia de las partículas primarias,
la adyacencia de los confines
estelares
y las ambivalencias con las que
el amor hace sus verbos.
Y así, desguarnecida de supuestos
y de sombras,
regresa, sin más, a la pasmosa
sencillez de los edenes.
Expuesta entonces a la luz, libre
de nuestra propensión innata a los eclipses,
se reinventa en otras formas, de
una fe impoluta nos construye.
(La recuerdo en sus tacones prematuros, con sus pequeños senos
intentando pronunciar cosas de adultos, domeñar las falacias del deseo.
La recuerdo sedando mis labios en la mirra de los suyos,
paliando la conciencia de ser, evitando los enigmas abisales).
La miro luego, renacida, gritando
humedales por los poros, exhibiendo
especies vertebradas. Y mientras
liba mi nombre y yo me rindo al suyo,
el método intuitivo nos confirma:
a la lógica del plano responden
los axiomas de la muerte, pero
hay tantas dimensiones
como voluntades en una pareja que
abjura del gusano.
Cuando ella sueña que yo muero,
deshoja estereotipos,
encuentra asideros en el viento,
y de la medias verdades redimidas,
concierta inmejorables tiempos.
Vuelve el satín a la piel de lo vivido
–esas hormigas que acarrean el
pan para el invierno–
mientras poliniza suertes,
exponiendo las cartas de su voz más suave.
El sexo, entonces, deja atrás los
latifundios de la culpa y el poder omnímodo
de las hojas de parra. Se
deshielan las sociedades que subyacen
tras las normas y el tiempo queda
confinado en dos cuerpos que se abrazan.
(Afuera nada…, si nada es lo mismo que “perdió su contenido”:
esas cosas que se dicen y se olvidan tras los signos de pregunta,
que a lo lejos se despeñan como viejos conocidos).
Cuando ella sueña que yo muero,
también temo por ella…
Morimos juntos, pero descorriendo
cada una de las piedras,
como Lázaros volvemos:
Incorruptos.
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