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ARGENTO EN LAS HOJAS DEL ÁLAMO UMBRÍO
Quizás, somos las piezas de un horizonte sombrío, un
viento de especies
agitando el follaje nocturno, un miedo hurgando
entre sangre y despojos,
de todas las gárgolas confinadas, al alba, en las
piedras del pecho.
Quizás, en esta búsqueda acérrima somos; y la vida,
este fatal devenir entre planes, que proclama en el
aullido de estirpes
un rencor de epitafios y crones, no es más que un
rito de sospechas
y dudas, que nos exige inferir la existencia.
Y mientras acecha en el sol la ceniza, la hora
enferma invoca al vampiro
–gota que tiembla, inexorable cordura–; y en el féretro un poco de tierra lejana,
con la semilla del espectro que torció las esquinas.
Depredando, por tanto,
en las catedrales de tiempo y de angustia, nos
define una sed insaciable:
amor, trascendencia; argento en las hojas del álamo
umbrío,
verdad adyacente a nocturnidad y a hombre.
Paliamos entonces, con un silencio devoto, los
graznidos del cuervo
sobrevolando las manos, mientras en la ebriedad de
pendientes
el sino insalvable nos somete a reliquias, a
vértigos viejos de códigos nuevos.
Y paradójicamente, entre conjugaciones de muerte y
de vida,
de humano y de bestia, somos: no más que un conjuro
que aplaza del percutor la sentencia.
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